Lo confieso:
Entre las monjas de los Sagrados Corazones, los Hermanos de La Salle, los frailes Franciscanos,
mis padres, y la vida en unos pabellones militares, hicieron de mi un pequeño monstruo.
No hay más que ver esta foto.
Tras esa apariencia beatífica, había un niño disciplinado como un perro de raza,
un ser culto, refinado, y también un pequeño sádico capaz de tirar disimuladamente un martillo
sobre la cabeza de una pobre vecina que pasaba con una bandeja de pasteles,
por debajo de nuestro piso.
Empecé pronto a pintar. Tal vez eso fue una vía para reconducirme.
De otro modo, hoy sería quizás Telepredicador o Psicokiller.
(Por cierto: fallé.
La vecina salió indemne del martillo…y los pasteles también).